19 de febrero de 2016

Tulipanes marinos

A veces creo que vives en otra ciudad. Te añoro como si las calles que nos separan fueran un océano profundo, lejano. Me siento en la orilla del muelle y miro los barcos, imaginando que alguno de ellos te trae consigo. Pasan las olas, la gente, y cuando anochece puedo mirar a lo lejos lucesitas bailarinas: es tu ciudad. ¿Cuál de ellas es la que alumbra tu ventana? 

Todos los días son así, menos el sábado, cuando baja la marea y es posible atravesar (por un caminito de arena) el mar que nos separa .

Tumultos por aquí, tumultos por allá. El metro, las calles, una tortería, el centro. Nos dejamos conducir por mis pies, que saben el camino. Nuestras manos enlazadas embonan como si desde hacia mucho se estuvieran buscando... Qué chistoso, siendo tan distintas una de otra (tus manos grandes que sirven para cortar toronjas de los árboles, para tomar fuerte el tubo alto del trole, para guardar las muchas monedas que arroja la taquillera del metro por la ventanilla. Mis manos pequeñas que sirven para hacer cosquillas, para escribir con letra bonita, para quitarle las piedritas a los frijoles).  

Me confundo entre el azul del cielo y el azul de tu camisa. Dónde es arriba, dónde abajo. Para mirarme mejor entrecierras los ojos; yo los abro más. Cerquita. Sonríes, tus labios me invitan a bailar. Uno, dos, tres segundos sin respirar. Uno, dos, tres segundos con los ojos cerrados. Ahora sonrío yo. Cerquita. Estamos en tierra firme.

No me di cuenta; ya es de noche. La marea ha subido y es imposible volver a mi ciudad. Me miras con ojos cómplices, yo miro arriba, abajo, indecisa aún. Quizá un par de cervezas, quizá música a todo volumen, quizá flores, nuevos amigos, un par de historias de amor (jugamos a ser doctores corazón, tú y yo), un microbus loco, cumbias chilangas... nuestras manos (pequeñas, grandes) vagabundas de caricias... el sueño lo va consumiendo todo. 



El amor que sobrevive al día siguiente, 
como los tulipanes marinos que me regalaste.

14 de diciembre de 2015

Dos cervezas

¿Cuánto es mucho?

Once días, catorce escalones, diez kilómetros, seis tacos, una entrega, cuatro vasos de pulque, dieciseis estaciones de metro, veintiocho minutos con los ojos cerrados, tres horas de viaje, quince cuartillas, treinta y dos aviones por hora, siete besos, cinco bocadillos.

Cuántos metros, cuántas caricias... ¿cuántos "te quiero" es mucho?

Santa Anita, contigo.


21 de noviembre de 2015

La promesa del mar

21 de noviembre 2014

El día se va acabando y las luces prendiendo. ¿Cómo le hace un avión para aterrizar en un mar de montañas? 

Por entre las nubes, una ranura donde se escapa el atardecer. Naranja, rojo. Comienza y se acaba. Todo sucede así, empezar desde cero, encontrarse con los propios fantasmas, platicar un rato con ellos, enfrentarlos después. Lo que he aprendido es eso: siempre hay tiempo para intentarlo. Nunca es demasiado tarde. Saberse equivocado no lo logra cualquiera. Sin lastimarse, sin recriminarse, con la fuerza necesaria para cambiar lo que se está haciendo mal.

¿Nos volveremos a encontrar un día? ¿En Bogotá, en Manizales, en la Ciudad de México?



¿Qué hay detrás de tanta montaña? La promesa del mar.

11 de noviembre de 2015

Pa pa pa pa eu eo

El beso más lento de la historia. Juegas a las escondidillas, queriendo encontrarme. Me escondo en una canción cualquiera, en un lugar al azar de esta maraña de calles que decimos conocer de siempre. Se hizo de noche ya, y apenas me he dejado encontrar. Ahí, despeinada y con botas de montaña. Ahí, con palabras azules, como el cielo recién nocturno, en los labios. 

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Cuando el día está clarito, todo lo veo bello. La cara de las personas, las hojas de los árboles...  los carros que circulan por la universidad. Miro ansiosa por la ventana. El paisaje es tan lindo que no importa que el cristal esté lleno de tierra. Porque el sol lo atravieza todo: las cortinas, las puertas, incluso los corazones enmarañados. 
P.D. No tardes en llegar.

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- ¿Cuándo nos volveremos a ver?
- Cuando quieras. Puede ser mañana, en una semana... o todo el mes que viene.




23 de octubre de 2015

Reflejos

En tu abrazo grande me siento como un valle rodeado de montañas un poco verdes, un poco azules. Cierro los ojos y siento la claridad de un lago transparente, de una ciudad pequeña.

¿Por qué este espejo de agua me atrae de tal forma? Nunca lo he visto y siento que lo conozco de siempre. Tan distinto al lugar en que crecí, como distintos tú y yo.... Nos situamos en un mapa de recuerdos viejos casi extintos que siguen respirando. ¿Cómo, quién nos enseñó a recordar lo que no vivimos? ¿Desde cuándo caminamos las calles con el cariño ausente de los otros millones de pasos? 

"Ya puedes abrir los ojos" dices y acto seguido me encuentro con él: grande, perfecto, entrañable... 

José Ma Velasco, Valle de México desde el Cerro de Santa Isabel

19 de septiembre de 2015

De tu ciudad a la mía

"... y sólo al cerrar yo los ojos, en cada parpadeo te veo. "


Suerte que vendrás. Suerte que es septiembre: el verano está terminando y hay tunas frescas en todos los mercados. Suerte que por fin la conocerás: esta ciudad loca que llevo conmigo a todo lugar al que voy. Las calles encharcadas después de llover, las historias que un abuelo le cuenta a su nieta viajando en un micro, en el metro, en un trole que va lento y suave.

Vendrás en ese avioncito que llevo esperando desde hace meses...apenas visible en la inmensidad del cielo. 

El primer encuentro será de madrugada. La ciudad dormida, cuando sueña ser lo que fue antes: un lago rodeado de cerros. Tranquila, ligera; porque para que exista el caos debe existir el orden. Luego amanece y se transforma en el monstruo difuso y mágico que de a poquito conquista el corazón. 

Pero no te asustes, si ya me conociste, entonces también ya la conoces. No en su totalidad, no en su diversidad... pero sí en la versión que más me gusta. Mi querida ciudad, la Ciudad de México.

No puedo esperar ya para abrazarte, para añadir nuevas foticos al album de mi cabeza llamado Maria Paula. 


2 de septiembre de 2015

El murciélago te recordó mientras volaba a su casa

Llueve y la ciudá se despelota. Es verano, es septiembre. Las banderas tricolor comienzan a pintar las (inundadas) calles. Con tantas cosas por hacer no queda tiempo para soñar. Bueno, sí... a ratitos. En el metro, esperando la micro, aburrida en clase. Soñar con un hubiera, con un sábado libre, con tus manos grandes como canoa para navegar esta ciudad. Soñar un beso nocturno, un cielo despejado y tiempo para poder quedarme mirándolo acostada en el pasto. 

De pronto despierto. Me quede dormida en el metro y me pasé dos estaciones. Mierda. Tendré que tomar un taxi colectivo para llegar no tan tarde a clase de nahuatl. 

Tzinaka omitzilnamik chika opatlan ichan.. ¿kanin tika, nomiston?



29 de agosto de 2015

En el centro de la soledad




"El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia"
- Octavio Paz, "El laberinto de la soledad"



Ciudad de México, Centro Histórico



El ombligo de la luna. El inicio y fin de esto que nos han hecho creer que somos. Hijos de quiénes, de aquella sangre medio borrada, medio enaltecida que duerme debajo de los edificios barrocos. Pasado mítico. Hijos de quiénes, de esta lengua con la que te hablo, con la que estructuro y nombro el mundo… venida del otro lado del mar.

Suenan a lo lejos los tambores; neomexicas inventando lo que creen los hace fieles al pasado. Al mismo tiempo bailan las campanas de la Catedral, llamándonos a esa tan esperada salvación. ¿Salvación? Nuestras almas no sabían de pecado y ahora tienen miedo a la oscuridad. 

Tú y yo en el ombligo de la luna, inundados de noche. La noche… ¿Está dios dormido o es que Tonatiuh lucha por atravesar el mictlán y salir triunfante otra vez por el oriente? Nostálgicos de lo que no vivimos, de esa memoria que nos hace ser nosotros mismos. Como salidos de un cuento. Cierro los ojos y navego en tu cabello alborotado, en tu cuello, en tus labios mudos de palabras. ¿Quién eres, quién soy? “No importa”, me responden tus labios con el tacto. Lo sabré cuando despierte del sueño, con la luna creciente en el recuerdo: tu sonrisa nocturna.



22 de agosto de 2015

Mon petit chat

A un río...


Pequeño gatito, ven. Acomódate en mis piernas. En mi abrazo no tendrás más miedo. Duerme conmigo. Soñaré que soy la mujer más valiente del mundo y tú soñarás que caminas en la playa. Nos encontraremos en el sueño, pero al día siguiente no lo recordaremos.

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Me reflejo en el agua, me reflejo en tus ojos. Eres río que corre simple, que sonríe natural. Como la ciudad despertando, como tomar un café instantáneo en el estacionamiento. Con los ojos bien abiertos, con las palabras claras. Qué abismo te separa de las telarañas que me apresan el corazón: el poeta que de tanto tejer palabras quedó preso en un poema. Me miras y sonríes. Simple. Con tus manos grandes me ayudas a deshacer los nudos... sanas mis heridas.

Pequeña luna entre tus brazos.

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Las calles del centro, el amanecer, la mañana entra de a poquito en el corazón. Como perderse en tus ojos. Uno, dos, tres segundos. Ojalá un instante se pudiera extender como chicle. Tan largo como quisiera. Hasta que se rompa. Hasta que la mañana se acabe y de pronto, llegue la noche.

Luego me acuerdo que todos tenemos un pedacito de oscuridad adentro y me tranquilizo. Cada que me besas sucede un eclipse solar: cierro los ojos, se hace de noche y alcanzo a mirar las estrellas. Luego vuelve a amanecer y ahí estás tú. Cálido. Como si sólo hubiese pasado un instante y no un viaje espacial... especial.

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Tengo tantas ganas de ti. Una dosis fuerte. Como cuando el café hace efecto, como el mezcal atravezando la garganta, el estómago, la cabeza. Borracha de amor, de desespero... las calles llenas de enamorados. Tú no estás aquí. Café con leche, así te gusta. A mi no mucho. Lo prefiero americano. No muy cargado. Si estuvieras aquí no haría falta ponerle azúcar. 

Dónde estas corazón. En las calles nocturnas vacías del rumor diurno que tanto me recuerda a ti. Por qué te tenias que ir de mi sueño... cuando todo comenzaba.

"No te pierdas. Si encontrarte fue difícil, reencontrarte será imposible".

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Lanzo un barquito de papel... río abajo. Le escribí encima algunas palabras que guardaba mi corazón. No es un mensaje, más bien son letras viajeras en búsqeda de nuevos rumbos. Qué tristeza verlas partir. Pero es preciso... ¿Recuerdas? Para nacer hay que morir primero. Y yo morí cuando miré el atardecer en tus ojos (mi propio reflejo). Mon petit chat. ¿Por qué las cosas no son fáciles? ¿Por qué desperté antes de que amaneciera? ¿Por qué no puedo negar la noche que me inunda el alma? 

"Al final eres como el atardecer. Sólo duras un instante".

Ricardo-Río

3 de agosto de 2015

En un sueño, quizá

A un amor de adolescencia

I
- ¿Dónde estás?- Hablaste por el teléfono, el ligero lazo que nos une a pesar de estar a pocos minutos de camino. 

Dónde, tan lejos de ti, de tu mundo. Encerrada por voluntad propia, en un frasco de miel (vieja, hecha piedra), recluida después de haber tocado uno de tus sueños. Tu expresión al dormir me dijo más de lo que te conocí en 2 años despierto. Pero al verme descorrer las empolvadas cortinas de tu corazón, tu miedo pudo más que la confianza y alzaste entre nosotros una nueva muralla china en la que escribiste un grito de ayuda disfrazado de palabras vacías, indiferentes... y yo sin saber hablar tu lenguaje.

¿Dónde estás en este preciso momento? ¿Dónde estoy? En la biblioteca, escondiéndome de mis sentimientos sin imaginar que en 3 minutos estarías aquí, descubriendo rápido el lugar que tanto tiempo me costó encontrar.

-¿Cómo se resolvía este problema?- Dices señalando uno de los muchos ejercicios de la clase de matemáticas, a unos minutos del examen final.

II
Son los restos de amaranto en tus labios. Son los últimos rayos del sol en tu cara. Soy yo, encerrada en tu abrazo. Abro los ojos, la ciudad bajo nuestros pies. El tibio calor en el pecho que me dejó ese sueño. Eres tú, llevas en tu nombre la señal. Tu silencio, tu extraña sonrisa, el beso que posaste en mi mejilla (para todos común, pero para ti... no). Mis ganas de acercarme, de desenmascararte, robarte esa molesta cordura que mantiene tus ojos abiertos.

III
Puebla.
Sólo bastaba una mirada. Desde que te conocí lo supe: las palabras no son tu fuerte. Por eso esperé a que tus ojos lo dijeran... Hace frío y no me abrazas. Tal vez tienes miedo, como en esos días de clases de física, inglés y filosofía. Mis cuadernos, tus dudas. Los pasillos bulliciosos, mi soledad. 

Tú y yo en el atrio de esa iglesia, rodeados de ángeles. Es mágico, ese dios ensangrentado que veneras inclinando la cabeza cuando pasas frente a él. Yo tras de ti, perdida en esas imágenes oscuras, extrañas, terroríficas. Una niña tras tus pasos. Un día me enseñaron todas esas oraciones, pero las olvidé. 
Como si me leyeras el pensamiento continúas caminando hasta que se acaban los viejos portales poblanos invadidos de comercios transnacionales. No me miras, no me tocas. Comienzo a sentirme estúpida por seguirte, sabiendo que no me espera nada; quizá un café, una descripción de los últimos años y un abrazo de despedida. Fue en ese instante que paraste tu andar y te volteaste a mí. Sentí esa, tu mirada. Era la noche, las voces acalladas en el pasado, tu ciudad que en ese momento se convertía en mía. El cielo poblano de estrellas, los ojos de tu dios cerrados. Una parte de tu máscara se rompió, decidiste quitártela. Nadie se dio cuenta, solo yo, que te conocía a pesar de la distancia. En un sueño, quizá. Carlos.