En tu abrazo azul me siento mar en calma. Toda duda, toda desesperación se apacigua. Tras de mí queda el rastro de tristeza que me condujo a ti; mis pies pequeños dibujados en la arena.
Extrañas cosquillas en el estómago, como engranes que comienzan a funcionar cuando mis ojos se encuentran con los tuyos. Se mueve adentro mio... y se terminan las palabras. Sonrío, no puedo hacer más. Sonríes, azul.
Cierras los ojos, cierro los míos... a lo lejos escuchamos las olas de nuestro mar.
Una de las cosas que más me gusta hacer cuando voy a tu casa es salir a pasear con tu perro Caifán. Es café, flaquito y aunque tiene apenas unos meses, ya es todo un vago. Por eso nos llevamos bien. Caminamos juntos las calles del barrio y un poco más allá. Miramos a la gente, los colores de las casas, olemos los puestos de comida y escuchamos a lo lejos los aviones. Las calles que le gustan las camina moviendo la colita, las que no, las orina.
El paseo termina siempre en el mismo lugar: el muelle. Nos detenemos frente al mar y pensamos: yo, en los kilómetros que hay que recorrer para poder estar juntos, en el fondo del horizonte, en tus ojos grandes que se miran chiquitos. Caifán piensa en lo mucho que le gustaría morder mis zapatos (ojalá no tarde en qutarselos), en el sabor que tendrán las gaviotas que vuelan cerquita, en las ciudades detrás del mar que le faltan por recorrer. De pronto, un ruido nos distrae de nuestras silenciosas reflexiones: son nuestras tripas. Lo miro divertida, me mira emocionado. Volvemos a casa contentos, casi corriendo, porque sabemos que al llegar nos esperas tú... con la comida lista.
No sé si te lo dije antes; siempre me gustó verte hacer ejercicios matemáticos. Tu cara seria, el ceño levemente fruncido, tus dedos sosteniendo un lápiz que baila entre los cuadritos de una hoja. Números y signos. Líneas y curvas. Cinco, nueve, tres. Raíz. A, B, C. En el eje Y me pierdo, en el eje X me encuentro.
De pronto paras. Colocas la mano en tu barbilla, te quedas mirando el papel... pensando... pensando... ¡Viene la idea!, vuelves al lápiz. Ahora el baile es desenfrenado, loco, feliz (la alegría de eliminar términos semejantes, deevitar resolver una integral par por sus propiedades geométricas). Terminas. No sabes si tuviste éxito, si fracasaste... ¿importa?
Te miro sin entender, mientras me pregunto por qué no en hojas blancas... ¿por qué prefieres bailar en hojas cuadriculadas?
A veces creo que vives en otra ciudad. Te añoro como si las calles que nos separan fueran un océano profundo, lejano. Me siento en la orilla del muelle y miro los barcos, imaginando que alguno de ellos te trae consigo. Pasan las olas, la gente, y cuando anochece puedo mirar a lo lejos lucesitas bailarinas: es tu ciudad. ¿Cuál de ellas es la que alumbra tu ventana?
Todos los días son así, menos el sábado, cuando baja la marea y es posible atravesar (por un caminito de arena) el mar que nos separa .
Tumultos por aquí, tumultos por allá. El metro, las calles, una tortería, el centro. Nos dejamos conducir por mis pies, que saben el camino. Nuestras manos enlazadas embonan como si desde hacia mucho se estuvieran buscando... Qué chistoso, siendo tan distintas una de otra (tus manos grandes que sirven para cortar toronjas de los árboles, para tomar fuerte el tubo alto del trole, para guardar las muchas monedas que arroja la taquillera del metro por la ventanilla. Mis manos pequeñas que sirven para hacer cosquillas, para escribir con letra bonita, para quitarle las piedritas a los frijoles).
Me confundo entre el azul del cielo y el azul de tu camisa. Dónde es arriba, dónde abajo. Para mirarme mejor entrecierras los ojos; yo los abro más. Cerquita. Sonríes, tus labios me invitan a bailar. Uno, dos, tres segundos sin respirar. Uno, dos, tres segundos con los ojos cerrados. Ahora sonrío yo. Cerquita. Estamos en tierra firme.
No me di cuenta; ya es de noche. La marea ha subido y es imposible volver a mi ciudad. Me miras con ojos cómplices, yo miro arriba, abajo, indecisa aún. Quizá un par de cervezas, quizá música a todo volumen, quizá flores, nuevos amigos, un par de historias de amor (jugamos a ser doctores corazón, tú y yo), un microbus loco, cumbias chilangas... nuestras manos (pequeñas, grandes) vagabundas de caricias... el sueño lo va consumiendo todo.
Once días, catorce escalones, diez kilómetros, seis tacos, una entrega, cuatro vasos de pulque, dieciseis estaciones de metro, veintiocho minutos con los ojos cerrados, tres horas de viaje, quince cuartillas, treinta y dos aviones por hora, siete besos, cinco bocadillos.
Cuántos metros, cuántas caricias... ¿cuántos "te quiero" es mucho?
El día se va acabando y las luces prendiendo. ¿Cómo le hace un avión para aterrizar en un mar de montañas?
Por entre las nubes, una ranura donde se escapa el atardecer. Naranja, rojo. Comienza y se acaba. Todo sucede así, empezar desde cero, encontrarse con los propios fantasmas, platicar un rato con ellos, enfrentarlos después. Lo que he aprendido es eso: siempre hay tiempo para intentarlo. Nunca es demasiado tarde. Saberse equivocado no lo logra cualquiera. Sin lastimarse, sin recriminarse, con la fuerza necesaria para cambiar lo que se está haciendo mal.
¿Nos volveremos a encontrar un día? ¿En Bogotá, en Manizales, en la Ciudad de México?
¿Qué hay detrás de tanta montaña? La promesa del mar.
El beso más lento de la historia. Juegas a las escondidillas, queriendo encontrarme. Me escondo en una canción cualquiera, en un lugar al azar de esta maraña de calles que decimos conocer de siempre. Se hizo de noche ya, y apenas me he dejado encontrar. Ahí, despeinada y con botas de montaña. Ahí, con palabras azules, como el cielo recién nocturno, en los labios.
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Cuando el día está clarito, todo lo veo bello. La cara de las personas, las hojas de los árboles... los carros que circulan por la universidad. Miro ansiosa por la ventana. El paisaje es tan lindo que no importa que el cristal esté lleno de tierra. Porque el sol lo atravieza todo: las cortinas, las puertas, incluso los corazones enmarañados.
P.D. No tardes en llegar.
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- ¿Cuándo nos volveremos a ver?
- Cuando quieras. Puede ser mañana, en una semana... o todo el mes que viene.
En tu abrazo grande me siento como un valle rodeado de montañas un poco verdes, un poco azules. Cierro los ojos y siento la claridad de un lago transparente, de una ciudad pequeña.
¿Por qué este espejo de agua me atrae de tal forma? Nunca lo he visto y siento que lo conozco de siempre. Tan distinto al lugar en que crecí, como distintos tú y yo.... Nos situamos en un mapa de recuerdos viejos casi extintos que siguen respirando. ¿Cómo, quién nos enseñó a recordar lo que no vivimos? ¿Desde cuándo caminamos las calles con el cariño ausente de los otros millones de pasos?
"Ya puedes abrir los ojos" dices y acto seguido me encuentro con él: grande, perfecto, entrañable...
José Ma Velasco, Valle de México desde el Cerro de Santa Isabel
"... y sólo al cerrar yo los ojos, en cada parpadeo te veo. "
Suerte que vendrás. Suerte que es septiembre: el verano está terminando y hay tunas frescas en todos los mercados. Suerte que por fin la conocerás: esta ciudad loca que llevo conmigo a todo lugar al que voy. Las calles encharcadas después de llover, las historias que un abuelo le cuenta a su nieta viajando en un micro, en el metro, en un trole que va lento y suave.
Vendrás en ese avioncito que llevo esperando desde hace meses...apenas visible en la inmensidad del cielo.
El primer encuentro será de madrugada. La ciudad dormida, cuando sueña ser lo que fue antes: un lago rodeado de cerros.Tranquila, ligera; porque para que exista el caos debe existir el orden. Luego amanece y se transforma en el monstruo difuso y mágico que de a poquito conquista el corazón.
Pero no te asustes, si ya me conociste, entonces también ya la conoces. No en su totalidad, no en su diversidad... pero sí en la versión que más me gusta. Mi querida ciudad, la Ciudad de México.
No puedo esperar ya para abrazarte, para añadir nuevas foticos al album de mi cabeza llamado Maria Paula.
Llueve y la ciudá se despelota. Es verano, es septiembre. Las banderas tricolor comienzan a pintar las (inundadas) calles. Con tantas cosas por hacer no queda tiempo para soñar. Bueno, sí... a ratitos. En el metro, esperando la micro, aburrida en clase. Soñar con un hubiera, con un sábado libre, con tus manos grandes como canoa para navegar esta ciudad. Soñar un beso nocturno, un cielo despejado y tiempo para poder quedarme mirándolo acostada en el pasto.
De pronto despierto. Me quede dormida en el metro y me pasé dos estaciones. Mierda. Tendré que tomar un taxi colectivo para llegar no tan tarde a clase de nahuatl.