Lo recuerdo como su hubiera pasado mucho tiempo, Ana. Llegaste al final del invierno, como una bocanada de aire fresco en medio de la ciudad. Me reviviste con unas cuantas de tus palabras; respiré como nunca lo había hecho. Al prinicipio fue emocionante redescubrir el cielo, las ramas recién nacidas de los árboles, tus ojos. Pero a los demonios que viven conmigo no les gustó la luz del sol ni el canto de los pajaros y comenzaron a atormentarme, jugando en las tinieblas de mis pesadillas. Me encontré a mí mismo divagando en un mundo diferente. Confundido entre el blanco de tu alma y el negro de mi interior, me enamoré.
7 de agosto de 2016
Primera primavera
26 de junio de 2016
Compañera roja
Fueron años de viajes cotidianos y una que otra escapada. En los días de lluvia mantuvo a salvo mis libros, sostuvo mi lap top con todo su peso y delicadeza, soportó viajes extremos en metro (lleno, vacío, mojado, a reventar), trabajos de campo en zonas "peligrosas" de la ciudá. Guardó mis sueños y mis tristezas. Fue compañera de batalla, una guerrera de lona roja.
Me la compraron cuando iba en los primeros semestres de la prepa. Necesitaba una mochila donde cupiera mi carpeta (de esas a las que le caben 200 hojas). Es chistoso que sus últimos días hayan coincidido con los últimos días de universidad. La despido con estas palabras porque sé que también me estoy despidiendo de una etapa de mi vida.
Fotos de su último viaje (Cuentepec y Cuernavaca, Morelos)
27 de mayo de 2016
Temporada de mangos
En mayo comienzan las lluvias. La ciudad recibe el agua con los brazos abiertos para limpiarse la nostalgia que la inunda en estos días (además de toda la contaminación que le nubla el horizonte). Por la mañana hace calor, por la tarde llueve y no sabemos si usar huaraches o botas de lluvia. Algunos se quejan, otros disfrutan brincando charcos y buscando arcoiris en el cielo... y algunos otros, como yo, somos invadidos por una extraña tristeza. Vagamos por las calles sin sombrilla, aguardando la lluvia. Nos sorprende en alguna caminata sin rumbo y nos resguardamos en un puesto de quesadillas, dentro de una estación de metro, o en la marquecina de algún negocio.
Suerte que esta vez la lluvia me agarró acompañada.
Apenas acercas tus labios a los mios y el mundo se desdibuja. Tu aliento se cuela en mis pulmones, inunda mi pecho. Dulce, ligero. Podría quedarme así, aquí. Respirándote de a poquito para no ahogarme ni derretirme en tus brazos. El deseo revive con un solo rose, la urgencia de nuestros cuerpos juntos; la piel se confunde. Dónde inicia, dónde acaba... no tiene fin. Tus caricias prolongan mi cuerpo, lo descubren ahí donde no lo conocía. Y es que tus manos son como barcos navegantes del mar en tempestad. Conocen el camino, saben cómo, por dónde avanzar.
Tras el viaje llegaremos a puerto otra vez, juntos.
6 de abril de 2016
Entre pairos y derivas
En tu abrazo azul me siento mar en calma. Toda duda, toda desesperación se apacigua. Tras de mí queda el rastro de tristeza que me condujo a ti; mis pies pequeños dibujados en la arena.
Extrañas cosquillas en el estómago, como engranes que comienzan a funcionar cuando mis ojos se encuentran con los tuyos. Se mueve adentro mio... y se terminan las palabras. Sonrío, no puedo hacer más. Sonríes, azul.
Cierras los ojos, cierro los míos... a lo lejos escuchamos las olas de nuestro mar.
22 de marzo de 2016
Caifán
Una de las cosas que más me gusta hacer cuando voy a tu casa es salir a pasear con tu perro Caifán. Es café, flaquito y aunque tiene apenas unos meses, ya es todo un vago. Por eso nos llevamos bien. Caminamos juntos las calles del barrio y un poco más allá. Miramos a la gente, los colores de las casas, olemos los puestos de comida y escuchamos a lo lejos los aviones. Las calles que le gustan las camina moviendo la colita, las que no, las orina.
El paseo termina siempre en el mismo lugar: el muelle. Nos detenemos frente al mar y pensamos: yo, en los kilómetros que hay que recorrer para poder estar juntos, en el fondo del horizonte, en tus ojos grandes que se miran chiquitos. Caifán piensa en lo mucho que le gustaría morder mis zapatos (ojalá no tarde en qutarselos), en el sabor que tendrán las gaviotas que vuelan cerquita, en las ciudades detrás del mar que le faltan por recorrer. De pronto, un ruido nos distrae de nuestras silenciosas reflexiones: son nuestras tripas. Lo miro divertida, me mira emocionado. Volvemos a casa contentos, casi corriendo, porque sabemos que al llegar nos esperas tú... con la comida lista.
3 de marzo de 2016
Hojas cuadriculadas
No sé si te lo dije antes; siempre me gustó verte hacer ejercicios matemáticos. Tu cara seria, el ceño levemente fruncido, tus dedos sosteniendo un lápiz que baila entre los cuadritos de una hoja. Números y signos. Líneas y curvas. Cinco, nueve, tres. Raíz. A, B, C. En el eje Y me pierdo, en el eje X me encuentro.
De pronto paras. Colocas la mano en tu barbilla, te quedas mirando el papel... pensando... pensando... ¡Viene la idea!, vuelves al lápiz. Ahora el baile es desenfrenado, loco, feliz (la alegría de eliminar términos semejantes, de evitar resolver una integral par por sus propiedades geométricas). Terminas. No sabes si tuviste éxito, si fracasaste... ¿importa?
Te miro sin entender, mientras me pregunto por qué no en hojas blancas... ¿por qué prefieres bailar en hojas cuadriculadas?
19 de febrero de 2016
Tulipanes marinos
A veces creo que vives en otra ciudad. Te añoro como si las calles que nos separan fueran un océano profundo, lejano. Me siento en la orilla del muelle y miro los barcos, imaginando que alguno de ellos te trae consigo. Pasan las olas, la gente, y cuando anochece puedo mirar a lo lejos lucesitas bailarinas: es tu ciudad. ¿Cuál de ellas es la que alumbra tu ventana?
Todos los días son así, menos el sábado, cuando baja la marea y es posible atravesar (por un caminito de arena) el mar que nos separa .
Tumultos por aquí, tumultos por allá. El metro, las calles, una tortería, el centro. Nos dejamos conducir por mis pies, que saben el camino. Nuestras manos enlazadas embonan como si desde hacia mucho se estuvieran buscando... Qué chistoso, siendo tan distintas una de otra (tus manos grandes que sirven para cortar toronjas de los árboles, para tomar fuerte el tubo alto del trole, para guardar las muchas monedas que arroja la taquillera del metro por la ventanilla. Mis manos pequeñas que sirven para hacer cosquillas, para escribir con letra bonita, para quitarle las piedritas a los frijoles).
Me confundo entre el azul del cielo y el azul de tu camisa. Dónde es arriba, dónde abajo. Para mirarme mejor entrecierras los ojos; yo los abro más. Cerquita. Sonríes, tus labios me invitan a bailar. Uno, dos, tres segundos sin respirar. Uno, dos, tres segundos con los ojos cerrados. Ahora sonrío yo. Cerquita. Estamos en tierra firme.
No me di cuenta; ya es de noche. La marea ha subido y es imposible volver a mi ciudad. Me miras con ojos cómplices, yo miro arriba, abajo, indecisa aún. Quizá un par de cervezas, quizá música a todo volumen, quizá flores, nuevos amigos, un par de historias de amor (jugamos a ser doctores corazón, tú y yo), un microbus loco, cumbias chilangas... nuestras manos (pequeñas, grandes) vagabundas de caricias... el sueño lo va consumiendo todo.
El amor que sobrevive al día siguiente,
como los tulipanes marinos que me regalaste.
14 de diciembre de 2015
Dos cervezas
¿Cuánto es mucho?
Once días, catorce escalones, diez kilómetros, seis tacos, una entrega, cuatro vasos de pulque, dieciseis estaciones de metro, veintiocho minutos con los ojos cerrados, tres horas de viaje, quince cuartillas, treinta y dos aviones por hora, siete besos, cinco bocadillos.
Cuántos metros, cuántas caricias... ¿cuántos "te quiero" es mucho?
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| Santa Anita, contigo. |
21 de noviembre de 2015
La promesa del mar
21 de noviembre 2014
El día se va acabando y las luces prendiendo. ¿Cómo le hace un avión para aterrizar en un mar de montañas?
Por entre las nubes, una ranura donde se escapa el atardecer. Naranja, rojo. Comienza y se acaba. Todo sucede así, empezar desde cero, encontrarse con los propios fantasmas, platicar un rato con ellos, enfrentarlos después. Lo que he aprendido es eso: siempre hay tiempo para intentarlo. Nunca es demasiado tarde. Saberse equivocado no lo logra cualquiera. Sin lastimarse, sin recriminarse, con la fuerza necesaria para cambiar lo que se está haciendo mal.
¿Nos volveremos a encontrar un día? ¿En Bogotá, en Manizales, en la Ciudad de México?
¿Qué hay detrás de tanta montaña? La promesa del mar.
11 de noviembre de 2015
Pa pa pa pa eu eo
El beso más lento de la historia. Juegas a las escondidillas, queriendo encontrarme. Me escondo en una canción cualquiera, en un lugar al azar de esta maraña de calles que decimos conocer de siempre. Se hizo de noche ya, y apenas me he dejado encontrar. Ahí, despeinada y con botas de montaña. Ahí, con palabras azules, como el cielo recién nocturno, en los labios.
.
Cuando el día está clarito, todo lo veo bello. La cara de las personas, las hojas de los árboles... los carros que circulan por la universidad. Miro ansiosa por la ventana. El paisaje es tan lindo que no importa que el cristal esté lleno de tierra. Porque el sol lo atravieza todo: las cortinas, las puertas, incluso los corazones enmarañados.
P.D. No tardes en llegar.
.
- ¿Cuándo nos volveremos a ver?
- Cuando quieras. Puede ser mañana, en una semana... o todo el mes que viene.
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