“Ya dije que las metáforas son
peligrosas. El amor empieza por una metáfora. Dicho de otro modo: el amor
empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra
memoria poética” Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.
El límite entre el día y la
noche, entre mis pasos y los tuyos (rápidos, seguros). ¿Por qué siento que todo
lo veo por primera vez? Las calles del centro que tantas veces he recorrido… me
parecen tremendamente bellas. Será el cielo blanco después de llover, será el
taco de canasta en mi estómago hambriento, serán tus pasos (rápidos, seguros).
Avanzamos en espiral; laberinto
novohispano invadido por transnacionales. Avanzamos a las seis, siete de la
tarde, cuando los locales cierran y la gente como hormigas camina al metro. Por
un instante el centro parece otro. Debatiéndose entre la vida y la muerte,
entre el pasado y el presente, entre el amor y el odio.
El camino nos conduce al final
del laberinto: el Templo Mayor. Las palabras que me dices cerquita, al oído,
bailan al compás de las campanas de la Catedral. A nuestros pies las ruinas de
un pasado acallado, sangre vieja, rota. La otra ciudad que duerme debajo de los
edificios barrocos, recuerdo de la guerra que aún persiste en nuestra sangre.
Y ahí, pequeños, estamos los dos; amantes del caos que nos vio nacer. Tú y yo, hechizados por un atardecer blanco
(¿ya dije que el cielo era blanco, todo blanco?), por el cúmulo de historias
guardadas en el corazón. Sonrío y no alcanzo a decirte todo lo que siento… sólo
con un beso (tímido, intermitente, mágico, como tú).
El cielo se mira azul reflejado
en un charco. La noche ha vencido y me cubre cuando me abrazas, cuando tomas
fuerte mi mano. El laberinto desaparece y queda una ciudad inundada de luces.
Blanco y negro. Tú y yo.
Lo recuerdo como su hubiera pasado mucho tiempo, Ana. Llegaste al final del invierno, como una bocanada de aire fresco en medio de la ciudad. Me reviviste con unas cuantas de tus palabras; respiré como nunca lo había hecho. Al prinicipio fue emocionante redescubrir el cielo, las ramas recién nacidas de los árboles, tus ojos. Pero a los demonios que viven conmigo no les gustó la luz del sol ni el canto de los pajaros y comenzaron a atormentarme, jugando en las tinieblas de mis pesadillas. Me encontré a mí mismo divagando en un mundo diferente. Confundido entre el blanco de tu alma y el negro de mi interior, me enamoré.
Decidí abrir mi alma para exhibir lo mejor de mí. Te asomaste, me escuchaste (esa tarde, el sol en tu piel) pero siempre mantuviste tu distancia y yo siempre fui acompañado por mis miedos. La primavera terminó; le sucedió el verano, luego el otoño... Desperté del sueño, como tantas veces. Sólo que ahora yo, Carlos, había conocido lo que hay detrás de la ventana, ya no pude volver atrás.
Fueron años de viajes cotidianos y una que otra escapada. En los días de lluvia mantuvo a salvo mis libros, sostuvo mi lap top con todo su peso y delicadeza, soportó viajes extremos en metro (lleno, vacío, mojado, a reventar), trabajos de campo en zonas "peligrosas" de la ciudá. Guardó mis sueños y mis tristezas. Fue compañera de batalla, una guerrera de lona roja.
Me la compraron cuando iba en los primeros semestres de la prepa. Necesitaba una mochila donde cupiera mi carpeta (de esas a las que le caben 200 hojas). Es chistoso que sus últimos días hayan coincidido con los últimos días de universidad. La despido con estas palabras porque sé que también me estoy despidiendo de una etapa de mi vida.
Fotos de su último viaje (Cuentepec y Cuernavaca, Morelos)
En mayo comienzan las lluvias. La ciudad recibe el agua con los brazos abiertos para limpiarse la nostalgia que la inunda en estos días (además de toda la contaminación que le nubla el horizonte). Por la mañana hace calor, por la tarde llueve y no sabemos si usar huaraches o botas de lluvia. Algunos se quejan, otros disfrutan brincando charcos y buscando arcoiris en el cielo... y algunos otros, como yo, somos invadidos por una extraña tristeza. Vagamos por las calles sin sombrilla, aguardando la lluvia. Nos sorprende en alguna caminata sin rumbo y nos resguardamos en un puesto de quesadillas, dentro de una estación de metro, o en la marquecina de algún negocio.
Suerte que esta vez la lluvia me agarró acompañada.
Apenas acercas tus labios a los mios y el mundo se desdibuja. Tu aliento se cuela en mis pulmones, inunda mi pecho. Dulce, ligero. Podría quedarme así, aquí. Respirándote de a poquito para no ahogarme ni derretirme en tus brazos. El deseo revive con un solo rose, la urgencia de nuestros cuerpos juntos; la piel se confunde. Dónde inicia, dónde acaba... no tiene fin. Tus caricias prolongan mi cuerpo, lo descubren ahí donde no lo conocía. Y es que tus manos son como barcos navegantes del mar en tempestad. Conocen el camino, saben cómo, por dónde avanzar.
Tras el viaje llegaremos a puerto otra vez, juntos.
Ya es temporada de mangos, dices sonriendo mientras pelas la fruta amarilla con cuidado. Caminamos por las calles torcidas de tu barrio una mañana de domingo, con restos de sábado todavía en la piel.
En tu abrazo azul me siento mar en calma. Toda duda, toda desesperación se apacigua. Tras de mí queda el rastro de tristeza que me condujo a ti; mis pies pequeños dibujados en la arena.
Extrañas cosquillas en el estómago, como engranes que comienzan a funcionar cuando mis ojos se encuentran con los tuyos. Se mueve adentro mio... y se terminan las palabras. Sonrío, no puedo hacer más. Sonríes, azul.
Cierras los ojos, cierro los míos... a lo lejos escuchamos las olas de nuestro mar.
Una de las cosas que más me gusta hacer cuando voy a tu casa es salir a pasear con tu perro Caifán. Es café, flaquito y aunque tiene apenas unos meses, ya es todo un vago. Por eso nos llevamos bien. Caminamos juntos las calles del barrio y un poco más allá. Miramos a la gente, los colores de las casas, olemos los puestos de comida y escuchamos a lo lejos los aviones. Las calles que le gustan las camina moviendo la colita, las que no, las orina.
El paseo termina siempre en el mismo lugar: el muelle. Nos detenemos frente al mar y pensamos: yo, en los kilómetros que hay que recorrer para poder estar juntos, en el fondo del horizonte, en tus ojos grandes que se miran chiquitos. Caifán piensa en lo mucho que le gustaría morder mis zapatos (ojalá no tarde en qutarselos), en el sabor que tendrán las gaviotas que vuelan cerquita, en las ciudades detrás del mar que le faltan por recorrer. De pronto, un ruido nos distrae de nuestras silenciosas reflexiones: son nuestras tripas. Lo miro divertida, me mira emocionado. Volvemos a casa contentos, casi corriendo, porque sabemos que al llegar nos esperas tú... con la comida lista.
No sé si te lo dije antes; siempre me gustó verte hacer ejercicios matemáticos. Tu cara seria, el ceño levemente fruncido, tus dedos sosteniendo un lápiz que baila entre los cuadritos de una hoja. Números y signos. Líneas y curvas. Cinco, nueve, tres. Raíz. A, B, C. En el eje Y me pierdo, en el eje X me encuentro.
De pronto paras. Colocas la mano en tu barbilla, te quedas mirando el papel... pensando... pensando... ¡Viene la idea!, vuelves al lápiz. Ahora el baile es desenfrenado, loco, feliz (la alegría de eliminar términos semejantes, deevitar resolver una integral par por sus propiedades geométricas). Terminas. No sabes si tuviste éxito, si fracasaste... ¿importa?
Te miro sin entender, mientras me pregunto por qué no en hojas blancas... ¿por qué prefieres bailar en hojas cuadriculadas?
A veces creo que vives en otra ciudad. Te añoro como si las calles que nos separan fueran un océano profundo, lejano. Me siento en la orilla del muelle y miro los barcos, imaginando que alguno de ellos te trae consigo. Pasan las olas, la gente, y cuando anochece puedo mirar a lo lejos lucesitas bailarinas: es tu ciudad. ¿Cuál de ellas es la que alumbra tu ventana?
Todos los días son así, menos el sábado, cuando baja la marea y es posible atravesar (por un caminito de arena) el mar que nos separa .
Tumultos por aquí, tumultos por allá. El metro, las calles, una tortería, el centro. Nos dejamos conducir por mis pies, que saben el camino. Nuestras manos enlazadas embonan como si desde hacia mucho se estuvieran buscando... Qué chistoso, siendo tan distintas una de otra (tus manos grandes que sirven para cortar toronjas de los árboles, para tomar fuerte el tubo alto del trole, para guardar las muchas monedas que arroja la taquillera del metro por la ventanilla. Mis manos pequeñas que sirven para hacer cosquillas, para escribir con letra bonita, para quitarle las piedritas a los frijoles).
Me confundo entre el azul del cielo y el azul de tu camisa. Dónde es arriba, dónde abajo. Para mirarme mejor entrecierras los ojos; yo los abro más. Cerquita. Sonríes, tus labios me invitan a bailar. Uno, dos, tres segundos sin respirar. Uno, dos, tres segundos con los ojos cerrados. Ahora sonrío yo. Cerquita. Estamos en tierra firme.
No me di cuenta; ya es de noche. La marea ha subido y es imposible volver a mi ciudad. Me miras con ojos cómplices, yo miro arriba, abajo, indecisa aún. Quizá un par de cervezas, quizá música a todo volumen, quizá flores, nuevos amigos, un par de historias de amor (jugamos a ser doctores corazón, tú y yo), un microbus loco, cumbias chilangas... nuestras manos (pequeñas, grandes) vagabundas de caricias... el sueño lo va consumiendo todo.
Once días, catorce escalones, diez kilómetros, seis tacos, una entrega, cuatro vasos de pulque, dieciseis estaciones de metro, veintiocho minutos con los ojos cerrados, tres horas de viaje, quince cuartillas, treinta y dos aviones por hora, siete besos, cinco bocadillos.
Cuántos metros, cuántas caricias... ¿cuántos "te quiero" es mucho?