11 de junio de 2017

Gypsy

Imperfecta como la piel de una anciana sonriente. Redonda y blanca como queso de rancho. Se me antoja un trocito en un taco. Quizá acompañada de ate de tejocote o como en Colombia, hundida en una taza de aguapanela caliente. Hoy la luna llena nos alumbra los sueños.

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Dice mi asesora que debo dejar de escribir poéticamente en mi trabajo de titulación. Que no quedan claras las ideas, que así no me van a aprobar el protocolo. Marcó en amarillo todos los adjetivos que le parecían inapropiados. Yo no dije nada; seguía apenada por haber llegado tarde a la cita. Me quedé con las ganas de decirle que bueno, puede que algunas observaciones suyas tuvieran razón... pero que si quitara todas las metáforas del trabajo, sería como si yo no lo hubiese escrito.

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Encontrar cauces de ríos muertos en la traza urbana actual... como una gitana leyendo el pasado en la mano de la ciudad.




Back to the gypsy that I was

17 de mayo de 2017

Contingencia/s

Mayo del dos mil diecisiete

El centro histórico a la hora de comer. Tres de la tarde; la gente va y viene, igual que los olores que hacen a las tripas gruñir porque denotan la diversidad de alimentos que se pueden consumir por estos lares. Caminaba apresurada por Moneda y al llegar al Zócalo te vi. Ibas montado en bici, esa que heredaste de tu madre. Vaya loco. Estamos en contingencia ambiental y tú como si nada, esquivando carros y a uno que otro peatón suicida (en el centro abundan). No te pude gritar. En realidad no quise hacerlo, preferí guardarte en mi mente así, fugaz. Apenas unos segundos ... cuatro, tres, dos, uno y no eras más que un puntito lejano, difícil de distinguir por entre los rayos del sol/ la neblina artificial que nos nubla los ojos.

Mayo del dos mil dieciséis

A falta de mar y barcos, decidimos emprender el viaje romántico en trolebús. Es que estos meses que la ciudad ha estado lo que le sigue de contaminada, todos los RTPs,  trolebuses y el tren ligero están gratis. 

Atravesamos la ciudad de oriente a poniente en el suave andar del trole (que con sus antenas conectadas a los cables de luz parece chapulín). Recargas tu cabeza en mi hombro y cuando comienzas a mover tus dedos involuntariamente sé que estás ya dormido. Mi querido marinero con olor a suavitel.

Ya casi llegamos a la terminal y me da pena despertarte. Hay mucho tráfico; eso te dará algunos minutos más para seguir soñando... ¿en qué? Quizá que paseas a tu perro por las calles torcidas de tu barrio. Caifán todo ansioso y tú con ganas de mirar el cielo (suerte que en el sueño la ciudad no está en contingencia ambiental). El semáforo cambia al verde y yo me imagino que es el viento en las velas de nuestro barco el que nos hace avanzar... tal vez un día.



26 de abril de 2017

Que nada sea todo

Hoy salí temprano del trabajo... es decir, antes de lo acostumbrado. Me emocionó tanto el escalonado caer del sol por la ventana que salí casi corriendo del edificio. Luego caí en cuenta que no era tan temprano; el horario de verano hace parecer que la tarde comienza cuando en realidad ya son las 7 de la noche. Esa repentina y breve emoción me condujo irremediablemente a ti. Por un pequeñísimo momento tuve un flashback: yo llamándote a tu rascuacho y siempre temporal celular para acordar una cita espontánea (aquellas que caracterizaron nuestra urbana relación). ¿A dónde me gustaría ir en este momento?

Quizá te pediría vernos en la rehabilitada (para que me entiendas) plaza Seminario, como aquella vez. ¿Te acuerdas? Yo sí:  subí las escaleras del metro Zócalo y caminé buscándote entre toda la gente. Te encontré platicando con una señora que tenía en una mano una bolsa llena de mercancía y en la otra a un chamaco de 6 años (seguro su nieto). Ella te contaba la odisea que le esperaba para volver a su casa (la periferia de la que tanto te platiqué) mientras tú imaginabas aquello como un cuento, por ser tan ajeno a ti. Ay, esa manía tuya de ir haciendo amigos por todos lados. Me acerqué, mi mirada llamó a la tuya y en un acto reflejo sonreíste. Ay, esa costumbre tuya de sonreír cuando estás feliz, nervioso, triste e incluso cuando estás enojado. 

Una de las cosas que más me gustan de esta nueva etapa de mi vida es que ya no necesito usar el metro para ir del trabajo a mi casa. Basta tomar una micro y por cuatro pesos (próximamente cinco) estoy en mi colonia. Adiós al poco oxígeno y los apretujones del metro. La susodicha micro no tardó en pasar. Subí, pagué y me senté (sí, casi siempre alcanzo lugar). Tlaxcoaque, la Tránsito, el Sonora, el parque de los periodistas, la delegación. Voy mirando por la ventana recordando, recordando(te), recordando(nos).

Luego de encontrarnos en Seminario caminamos al extrañamente vacío Zócalo. Divertido te sentaste en el suelo y me invitaste a hacer lo mismo. Ay ese afán tuyo por hacer cosas tan simples. Me lo pensé un rato, pero como vi que tú no ibas a ceder me acomodé a un lado de ti. Y ahí estuvimos, debajo del mástil falto de bandera, en el centro del Estado-Nación (así, con mayúsculas), tocando las estrellas... hasta que se hizo de noche.

Te extrañé tanto. Te extrañé con las plantas de mis pies, las uñas de mis dedos, con cada uno de mis cabellos. Te extrañé desde lo más profundo de mis sueños, desde la más lejana de mis islas, desde la más debastada de mis ruinas. Hoy, sin embargo,  te recuerdo lejano, detenido en el tiempo. Agradezco que no hubieras vuelto para rescatarme del naufragio, porque así tuve la oportunidad de rescatarme a mí misma.



7 de abril de 2017

Sueños azules II

"Antes también sucedió algo parecido, ¿no? [...] Hablamos en un sueño. ¿Ahora es también así?" B.Y.


Voy de tu mano, caminando por el lugar donde viví la infancia. Sé que eres tú, aunque no te puedo ver el rostro; solo miro tu espalda, pues vas adelante de mí. Crecí en una colonia donde las calles tienen nombres de puertos: Puerto Marquéz, Puerto Acapulco, Puerto Vallarta... nosotros caminamos por Puerto Guaymas, la calle más bonita porque es la que tiene camellón. Vamos a la altura de la papelería. ¿Me creerías si te cuento que una vez dejé mi bici olvidada ahí? Llevaba a mi hermana en los diablitos, estacionamos la bicicleta afuera, entramos a comprar unas monografías y cuando salimos, nos seguimos de largo. Por suerte la guardaron y días después, cuando notamos su ausencia en casa, fuimos a recuperarla. 

Seguimos andando. Tu playera es verde y en ella se mira la sombra que proyectan los árboles llenos de hojas. Mi mano tomada de la tuya, guia al resto de mi cuerpo. ¿Por qué estamos en este lugar? Parece que lo conoces como yo, aunque nunca has estado aquí. Qué importa. Cierro los ojos y me dejo conducir por un mar de recuerdos.

*** 

A donde voy te llevo conmigo. Es que te has vuelto tan familiar que el ser yo misma implica ser un pedacito de ti. Los lugares donde hemos estado, las metáforas que hemos intercambiado, las tristezas y alegrías que hemos compartido. A veces no sé qué hacer con tantas palabras. Las tejo en sueños, y es cuando apareces aquí, a mi lado: sentados en un vagón del metro medio vacío. ¿A dónde quieres ir? Podríamos ir por unos tacos, una cerveza o al cine. Pero en la noche los cines están cerrados... igual que las bibliotecas y las tiendas de tornillos. Es chistoso. Cada que estoy contigo no puedo encontrar la luna. Será que mis ojos se hacen más miopes o que estamos destinados a coincidir siempre en luna nueva. Acaricias mi cabello y se me olvida todo: que es muy noche, que no tenemos un rumbo fijo, que debes volver a donde te esperan, que sólo eres un sueño y por lo tanto, desaparecerás en cuanto despierte.

Well I wonder
do you hear me when you sleep?
[...]
Please keep me in mind
 




1 de abril de 2017

Agua de Piña

De todas las cosas que me enseñaste, hoy apliqué la de viajar en los camiones morados de Tlalpan. Si no lo hubiese sabido, habría subido en la primera micro. Es que los camiones morados son súper rápidos, incluso más que el mismo metro. Qué bien se siente atravesar la ciudad de sur a centro casi volando; una efímera libertad de lunes a medio día. Suena una canción conocida en el radio y (tal como ese sábado por la noche camino a Chabacano) no puedo dejar de cantar.
Esta vez sí llegaré a tiempo.

***
¿Cómo acabamos aquí, en las escaleras de un edificio viejo sobre Izazaga a las 9 de la noche? Puedo hacer la reconstrucción de los hechos. Primero la delegación Cuauhtémoc, luego Puente de Alvarado (oscuridad, prostitutas), Hidalgo iluminado de puestos ambulantes, la Alameda fresa y los antros que la rodean, el nuevo reloj de la Torre Latinoamericana, Madero (sin comentarios), 5 de febrero, Regina, (breve parada para beber mezcal cortesía del Museo Casa Indómita), Isabel la Católica hacia el sur... un puesto de tamales ("Si no le gustan, no me pagan", "¿Y si me gustaron más o menos?", "Ah, ahí no aplica").

Entramos al Seven Eleven y compramos un café-capuchino. Hacía un montón que no tomaba uno... desde que estaba en la secu y no sabía qué era el café de verdad (creo que sigo sin saberlo). Finalmente nos sentamos en las antes mencionadas escaleras viejas a beber el café-azúcar mientras miramos los coches pasar.

Suerte que existen pasos vagabundos con quién compartir la cotidiana poesía de la noche.

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En una fondita de la colonia Guerrero descubrí que los miedos se disuelven bien en agua de piña. Entra un hombre con guitarra y comienza a cantar... "No, I won't be afraid just as long as you stand, stand by me".

Paisaje de la Urbe, Carlos Mérida


1 de marzo de 2017

Ping-pong

Son las 10 de la mañana y te miro fumar en las escaleras. "Nunca es demasiado temprano para destruirse" dices sonriendo y yo pienso que eso es tan poético que lo recordaré para toda la vida.

Hace tanto calor que creo comenzar a delirar. ¿Te habías dado cuenta que en el centro casi no hay árboles? Pinches españoles y sus trazas urbanas. No previeron que en unos cientos de años esta madre se convertiría en un horno. Trato de no mirar el cielo. Verlo gris y contaminado me estresa. Igual que las señoras que tardan años luz en subir al camión con sus bolsas del mandado llenas. Chofer ya no las deje subir. Al fin pasamos la Merced. Un alto, dos altos. Diez minutos. San Pablo, Pino Suárez, 20 de noviembre, Isabel la Católica. Bajo de volada. Me gusta esta calle, aunque no pueda caminar por la acera con tanto puesto (órale, elotes con sal y limón en seis pesitos). Me escabullo entre la gente y los carros. Soy un peatón irresponsable, lo sé. Pero es que a medio día en el centro no existe regla vial que se respete. Bueno sí. Estoy exagerando... como siempre. 

Seis de la tarde y te encuentro fumando. Vuelves a sonreir pero no dices nada. Me miras. Te miro. Jugamos al ping-pong. Aquí, allá, aquí, allá. Pierde el primero que baja la mirada. Todo es más tranquilo ahora. Los puestos se quitaron, ya no hay señoras con bultos de verduras/chetos/pelotas subiendo a los camiones y aunque el trafico continúa, ya podemos caminar por la acera... ¿vienes?



21 de febrero de 2017

Así te quería... de papel

Ahora que vas al mar, no olvides traerme un caracol donde pueda escuchar el ir y venir de las olas... Lo pondré en mi oído cada que me sienta perdida y así será más fácil re-encontrar el camino.
 
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Las sábanas blancas de mi cama de pronto son olas de un mar agitado en el que nado sin respirar. Busco la salida y apareces tú. Tu rostro desdibujado, quiero decir. Es como si poco a poco lo fuera olvidando. Luego despierto del sueño y aún es de noche. Me parece increíble que no recuerde cómo son tus uñas. Cuántas veces las repasé con la mirada, con el tacto. Es inútil. El tiempo, es el tiempo; la máxima cura del mar de amor. 

Se ha terminado el viaje. ¡Gracias a todas las islas-hogar que recibieron mi náufraga embarcación! Hoy el desayuno es en mi muelle (no olviden llevar moras, para compartir).

26 de noviembre de 2016

De cafés y libretas

Cafecito en la mañana. Bueno, es un decir. Ya casi es medio día y yo siento como que son las ocho. Hace tanto frío que apenas uno se queda estático se congela, pero el café me calienta por dentro. Me lo han servido en un vaso de cartón con un diseño interesante. Ah, se me olvidaba decir que estábamos en una de las muchas cafeterías de la Roma. Eso explica no sólo el diseño del vaso, también las lámparas modernas, las paredes blancas y el techo como de corcho (para tener buena acústica, dice el arquitecto). Me siento como en un museo de arte contemporáneo. 

El vaso realmente me gusta, tengo ganas de llevármelo a casa, aunque no sé para qué. Es que para mí es novedad; yo no soy conocedora del buen café, no suelo tomarlo en cafeterías tan guays. Ahora que lo pienso, no soy conocedora de café, ni de vino, ni de mezcal, ni de comida, ni de música, ni de arte... No miro los detalles de las cosas, mis gustos son simples (es decir, no refinados).

Comencé a beber más café desde que estuve en Colombia. Es barato y por todos lados uno encuentra, si no una panadería (todas las panaderías venden café), un carrito ambulante con termos. El vaso (que es pequeño) cuesta algo así como 3 pesos mexicanos. El plan siempre es ir a beber un "tinto" y charlar; por la mañana, por la tarde, por la noche. De todos los momentos, descubrí que mi favorito es después de la comida. En la sobremesa, un tinto es capáz de equilibrar el alma, alinear los chacras y, si se está con la persona correcta, puede hasta adivinarse el destino en él.

Acá tomar café en la calle es como un lujo, algo intelectual. Más en estos lugares, donde un café cuesta mínimo 30 pesitos y va acompañado de wifi, sillones cómodos/exóticos y un ambiente o viejo o futurista . Lo que te choca te checa, dicen y sí. Yo que repelo estas prácticas hipsters, últimamente me la he vivido aquí, en la Roma. No por decisión propia; son las circunstancias las que me han orillado, cabe aclarar. Ni modo, de todo se aprende. Y yo acá sí que he descubierto cosas interesantes. 

Metí el vaso a mi bolsa, pero como es tan pequeña, todo él se arrugó. Chin. No hay pedo. Recortaré el diseño y lo guardaré con los otros recortes que esperan ser pegados en alguna libreta. Y hablando de libretas; hoy escribí en la última hoja vacía de la mía. Puede parecer banal el dato (como todo este escrito), pero va muy acorde a todo lo que he vivido en estos últimos días (se acaba el amor, se acaba el semestre, se acaba el servicio social). Necesitaré una nueva libreta pronto: el dos mil dieciséis se ha terminado ya, antes de que llegara el 31 de diciembre :D

'Jardín público' ¿o común?, en Tonalá



 

19 de noviembre de 2016

Martes en el mar

Hoy por fin salió el sol. Sí, yo sé que sólo fue un ratito, pero bastó para hacer crecer la ilusión de calor en mi corazón. Digo ilusión porque el sol de otoño no es como el del verano que enta por la ventana y lo entibia todo. Ni modo, así son las cosas en esta época. Decido no salir hoy; quedarme en casa, correr las cortinas e imaginar que afuera es agosto otra vez. 

 Nos veíamos los martes a las 2 de la tarde. Salía de una serie de conferencias sobre Identidades, caminaba unos minutos y llegaba al lugar de encuentro (el punto medio entre su facultad y la mía): la Biblioteca Central. Lo esperaba (porque siempre llegaba antes que él) en la entrada que da a las Islas. Emocionada. Eran los primeros meses de universidad y todo era nuevo; los compañeros, los sueños, los debates, la paz de sus ojos claros-mar. Me gustaba ver los árboles que están camino a la Facultad de Arquitectura. Así, en esa perspectiva (desde la Central) parece que se trata de un sólo árbol gigante. En eso estaba cuando lo veía llegar. Sonriente, brillante, con su portaplanos en la espalda.

Emprendimos la aventura de comer en cada una de las cafeterías de CU. Fuimos a la de Derecho, Ingeniería, Arquitectura, Filosofía (el comedor vegano del Che), Medicina y al pasillo de la Salmonela... Buscábamos lugar para tres: él, yo, y nuestra fiel acompañante, su maqueta. Las pláticas giraban alrededor de las clases, los desvelos, las entregas y lo más importante: los sueños. 

Sus palabras agua, mis palabras viento. Un grillo que cantaba debajo de mi cama mientras yo soñaba con la luna de octubre, con el azul de su mirada. La calma de su caminar, las olas agitadas que se despertaban en mi pecho. Fue verano feliz, lleno de agua y lleno de martes.

Nos dejamos de ver. Él se cambió de universidad (aunque después de unos meses, volvió) y yo lo extrañé en silencio. En el tintero (mi tintero) quedaron palabras que nunca terminé de decirle. Ahora, varios años después, escribo esta historia en un barquito de papel que lanzo al mar con la esperanza de que algún día llegue a sus manos. 




Ángel sin cabeza, 2012

5 de noviembre de 2016

Tin-ton


Mira cómo me tienes: perdida. Perdidos los sentidos, perdido el norte de mi brújula. En este sin fin de caminos aquello que me guía es tu sonrisa. Sí, con todo y los dientes chuecos que te cargas y que te da pena mostrar. Tu sonrisa y la facilidad con la que haces que los días grises se hagan azules. Cómo me gusta ver el cielo a tu lado. Me transmites la paz de tu respirar (así es más fácil soñar). Siempre y cuando no me toques. Es que posas apenas tus manos en mi cintura y todo sucede menos tranquilidad: la sangre corre rápido, el corazón se agita... de mi piel se desprenden los colores del amor (del amor tin-ton).