9 de septiembre de 2014

#4 Martes frío y lunar

¿Qué se hace después de mirar una luna tan bonita como la de hoy? ¿Se le toma una foto, se escribe algo en el face para que los demás le den "like", se buscan canciones relacionadas ("Yo no te pido la luna", "Luna de los pobres siempre abierta; yo vengo a ofrecer mi corazón", "Que la sola coincidencia de esta luna en lunes te remita a mí")... o se consigue una selfie lunar?

Le he dado vueltas y he concluido que acá es más fácil prestar atención al cielo, las nubes, los atardeceres, la luna. Será porque no hay tantos edificios, porque el vivir en la montaña da una vista completa del horizonte, o porque en las ciudades pequeñas queda tiempo para mirar hacia arriba. 

 Es fácil medir el tiempo que llevo fuera de casa: dos grandes lunas llenas. La primera más grande (y un poco más triste) que la segunda. Me contaron que entre más llena la luna, más frío hace. También que el cabello hay que cortárselo en luna menguante para que crezca bonito. Yo no sé. Hace tiempo que siento no saber mucho; estoy perdida entre los días que se pasan rápido, calles irregulares, palabras nuevas y sabores nunca antes conocidos. 

Me gusta pensar que la luna se mira igual acá, una ciudad pequeña, donde el sistema de buses se acaba a las 10 de la noche,  que en mi ciudad contaminada y bulliciosa (¿cómo explicarle a una persona que encuentra espantoso el caos citadino de Bogotá, lo maravilloso que es vivir en una de las ciudades más grandes del mundo?). 





30 de agosto de 2014

#3 Viernes entre montañas


Sola en la oscuridad busco tu nombre
sintiendo el aire fresco que viaja desde lejos.
Con sabor a yerbabuena
recuerdo historias viejas que regocijan mi corazón
(¿Dónde está tu sueño de ser piloto?)

Entiendo que la vida sin leche sería como un cielo sin luna blanca
y yo sin mi pasado me perdería en el transitar de esta ciudad extraña
(bajo un cielo distinto cada día).




Escrito por:
Eunice Hernández
Susana Colin

5 de agosto de 2014

#2 Primer sábado en Manizales

Manizales de noche también es un mar de luces amarillas. Bueno, un mar pequeño comparado con la ciudad de México (pero mar al fin). No se trata del valle urbano al que estoy acostumbrada: el terreno es montañoso, las calles empinadas y el horizonte cercano. Acá no existen las estaciones (primavera, verano, otoño... eso es de países europeos nomás): puede estar soleado y al rato llueve. Recomiendan llevar siempre un sueter y una sombrilla en la bolsa. 

Me han dicho que en Manizales cuentas con la segunda mejor agua del mundo. Igual que en Bogotá, puedes beber del agua de la llave. Al ser una ciudad pequeña y montañosa, a las afueras cuenta con una gran cantidad de atractivos naturales. Este fin de semana fui con algunos compañeros mexicanos a un lugar llamado el "Recinto del pensamiento". Se trata de un parque ecológico donde en un recorrido por el bosque admiras la biodiversidad de la zona: plantas, orquídeas, mariposas, colibríes... Me pareció interesante, una forma de aprovechar los recursos con los que se cuenta (en este caso naturales) para atraer turismo. 


Los primeros días han sido difíciles. Encontrarse en una ciudad desconocida y distante, sin la seguridad que da la certeza de llegar a casa por la noche y encontrarse a la familia mirando la televisión, a mi hermana viendo videos coreanos, un "¿Cómo te fue?" o "No lavaste los trastes". La comida está constituida en un 50% por arroz; por la mañana, por la noche. Mi estómago lo ha resentido. He comenzado a extrañar las tortillas y el chile... Aquí al chile se le dice ají y puedes encontrarlo en algunos establecimientos de comida (claro, no se compara en nada con una buena salsa verde). Me parece increíble cómo algo tan variado gastronómica y culturalmente México , acá sea tan ajeno. 


Tristeza es: 

Una angustia en el pecho. Despertar tarareando una canción de lluvia y soledad. Es estar perdido en una casa que no es la tuya, entre las calles de una ciudad que no es la tuya. Mirar la luna medio llena, medio vacía y sentir frío en el corazón. 

Poco a poco, sin embargo, se van encontrando nuevas cálidas voces: mi primer sábado en Manizales :)


24 de julio de 2014

#1 De vuelos y llegadas

Eso de los aviones si que es algo impresionante. Volar de noche, entre la oscuridad del cielo infinito, lluvioso. Atravesar varios países en unas cuantas horas, amanecer en un lugar lejano así de sopetón. 

El aeropuerto: un lugar frío y blanco a la una de la madrugada. Yo sin palabras, acompañada por mi tía Pilar, quien aprovechando que iría a un festival de cuentos, me encaminaría los primeros días en Colombia. Con un poco de tristeza en el corazón, y una maleta desbordada, subí a una avión próximo a despegar por primera vez en mi vida.

Descubrí que la ciudad de noche es un mar de luces amarillas. Constante, profundo. Mientras el avión va subiendo se van haciendo chiquitas, chiquitas hasta que se pierden entre las nubes.

Viajar en avión es mucho menos cómodo y romántico de lo que sucede en las películas. Se siente como si estuvieras suspendido en el aire y cayeras. Se te tapan los oídos. Lo más bonito es cuando aterriza y sientes temblar el suelo. (Al bajar, vimos al piloto... terriblemente guapo).


El cielo de Bogotá es muy bonito. De pronto tiene nubes grandes y grises, de pronto está despejado. Hace frío y llueve a todas horas. Pues fue ese cielo con el que me recibió Colombia. Igual que la Ciudad de México, Bogotá está rodeada de cerros, además de ser una ciudad alta. Las calles están numeradas: Avenida 56 con carrera 45. Se puede beber del agua de la llave. Hay metrobús pero no metro. Camiones y unas micros comprimidas llamadas busetas. 

Amanece a las 5 de la mañana, y atardece temprano. Todo lo he visto desde la ventana del departamento de Carolina Rueda, amiga cuentera: la primera sonrisa (junto con la de Aldo Méndez) que me entibió el corazón acá, en Colombia.



15 de julio de 2014

Querída ciudad...

"Madrugadas sin nadie en el Zócalo/ sólo nuestro delirio/ y los tranvías/ Tacuba Tacubaya Xochimilco San Ángel Coyoacán/ en la plaza más grande que la noche/ encendidos/ listos para llevarnos/ en la vastedad de la hora/ al fin del mundo"*

I

Empieza, se detiene, vuelve a comenzar. Todo el tiempo, todos los días. Verano, el mundo se pone verde y el pasto crece (igual que la cantidad de mosquitos que asechan mi sangre). 

La ciudad después de llover: como recién salida de un sueño. El lugar donde he crecido, las calles que miré tantas veces en movimiento tras la ventana de alguna micro. Las pocas estrellas en el cielo. Ser tomado por sorpresa por una tormenta, esperar acompañado a que termine la infinita sucesión de gotas que poco a poco inundan de nostalgia el asfalto.

II

La cabeza inquieta, una cerveza, la promesa de seguir escribiendo. El recuerdo del final de la primavera, el inicio del verano. A veces creo que te extraño a pedazos: un día sí, un día no. Quisiera delinear tus labios con mi dedo índice como la primera vez (esos labios fríos y silenciosos que no dicen lo que quiero escuchar). No sé si comprendes las señales de humo que te mando desde el techo de mi casa. O tal vez sea que no hablamos el mismo idioma. 

(Tengo miedo de olvidarlo todo si no tomas mi mano desde la lejanía).

III

Chabacano el sábado a medio día es un lugar feliz. Se siente la energía de quien va camino a una cita o al encuentro con amigos. Niños recién bañados, chicas maquilladas, transbordando a prisa. Llenas las escaleras eléctricas, el sol allá afuera y la certeza de que será un gran día.

El último sábado en la ciudad.

IV

Quiero guardar este momento. Tú y yo viajando en el metro, sobre Tlalpan atardenciendo. Tu cabello en espiral, moviéndose suavemente (el ventilador, el abanico de una señora, el aire que entra por la ventana)... ¿lo volveré a ver de esa forma otra vez?

V

Todo se mira diferente: una extraña sensación de perderlo un poco. Caminando por el centro redescubro un pedacito de mí que había olvidado, que quedó guardado bajo el Caballito, en la fachada de San Ildefonso, en la fuente y la iglesia chueca de Loreto, los cuarzos de república de Uruguay, en la fina calle de 5 de mayo, una quesadilla en la ciudadela, los niños mojándose en la Alameda, las leyendas en el José Matí. El recuerdo de la niña que fui, la que sigo siendo, la que se marcha hoy con el sonido del metro cuando va a cerrar las puertas en la memoria. 

Querida ciudad... no me extrañes. 






*Octavio Paz en "El mismo tiempo"

18 de junio de 2014

Tornillo sin fin

Un té de jazmín, el boleto de un tren que ya no existe, cientos de abrazos vespertinos, tres arcoiris, una caminata maratónica por el centro, mensajes de aliento, té de toronjil, un pulque de piñón, canciones-esperanza, un chocolate, cinco poemas de amor, despedir a mi marinero, una cumbia de fondo, la última foto... tiempo. 

A la pregunta por la cura del mal de amores, todas las respuestas concluyen en eso: tiempo.

Sucedió en primavera. Sin saberlo, él se fue colando en mis pensamientos. Y cuando me di cuenta, ya estaba perdida en sus ojos. Todavía me recuerdo ese domingo hace un mes, con el corazón roto, pensando en cómo sobreviviría el final del semestre. Fueron días terriblemente oscuros, de tormenta, de marea alta. 

Y así, náufraga, perdida en la isla del olvido, mandé un mensaje de auxilio en una botella. Las respuestas llegaron una por una: el saberme acompañada. Esos amigos (nuevos, viejos) que me he encontrado en el camino, ante el fin del mundo, fueron los que me conectaron a tierra firme.

Casi es verano. Y aunque no deja de llover, ya no me encuentro perdida: miro la lluvia desde una  estación del metro. Ahora me toca a mí partir... pero antes debo agradecer. El mundo no se acabó porque es como un tornillo sin fin. Algo, sin embargo, se termina. Porque para cambiar hay que olvidar. Lo quiero, pero no es suficiente. Tal vez las golondrínas no vuelvan y me siento feliz por saberlo, porque aquello que vi en sus ojos y que me gustó tanto, fue mi reflejo.

Los recuerdos de esta primavera, cuarto semestre, la mejor clase del mundo, los nuevos amigos, el trabajo de campo, dar clases de historia, los cielos despejados, las pláticas, los debates, las jacarandas, mis primeras prácticas de campo, él irrumpiendo en mi vida... todo eso lo guradaré con cariño porque es mío, es una parte de mí: Susana, la chica pequeña que hoy es mucho más grande que ayer. 




12 de junio de 2014

La misma sangre

Te miro a los ojos y tiemblo. Me encuentro contigo por primera vez pero siento que nuestros corazones ya están unidos. Tú de blanco; un elegante vestido europeo. Yo, por el temor a la neutralidad, de colores (azul, amarillo, verde muerte); un atuendo mexicano. Tan distintas, tan extrañamente parecidas. Vienes de otras tierras, conoces a personas de todo el mundo, has besado tantos labios… y yo, yo que tengo raíces gruesas, fuertes, desgarradas, soy el triste árbol que mira embelesado cómo las nubes blancas vuelan libres sobre él.

No hablas. Sólo miras el lugar donde se supone debería estar él; exhibes tu corazón roto, y aunque el mío late sin problemas... duele (me dueles Frida, ¿no te das cuenta?). El cielo y tus ojos lloran, nuestra sangre comienza a correr por tu arteria, por tu falda llenándolo todo de rojo... ¿qué hacer? Diego no vino, Diego ya no regresa. Toma mi mano, llora sobre mi hombro. Quítate el vestido, el corsé que te aprisiona y bésame. Cantaré para ti lo que mis ancestros me enseñaron, para que cuando despiertes, cuando abras los ojos estemos tú y yo, las dos juntas, unidas en un solo cuerpo, la misma sangre.
 
 
 
 
 
 
 

29 de mayo de 2014

Conservar por conservar

Busco un pedazo de silencio donde descansar y lo encuentro en una banca de cemento afuera de mi casa. La verdad es que no es silencio lo que me rodea: cada dos minutos un avión pasa por encima de mi cabeza. No puedo huir de eso así me esconda debajo de la cama,  por eso finjo no escuchar nada. Desde pequeña me enseñaron que se piensa mejor en silencio... y yo lo que necesito ahora es pensar.

Tengo el cerebro aplastado, maltrecho. Como si hubiese sido invadido por hormigas exploradoras en busca de azúcar. No la encuentran, claro. Porque la poca azúcar que tenía se fue en las palabras sin sentido que te escribí anoche.

Una paleta de hielo, hielo, mañana fría, corazón congelado. Me pregunto si los muñecos de nieve sienten amor (al parecer no). Despierto en un mar de libros, ropa, sueños, tazas de té... mi cama destendida.

El mundo avanza en piloto automático; una micro, dos ancianos, tres minutos, cuatro pesos, cinco lugares libres, seis tamales, siete limosneros, ocho vagones, nueve escalones, diez kilómetros para llegar a la escuela. 

No comprendo nada. Ni tus silencios ni mis palabras. Mueves la boca y alcanzo a entender: multi, culti, pluri y me vuelvo loca. Me peleo con mi celular porque no recibo tu llamada, él en venganza se esconde en mi mochila revuelta. Busco, busco, me pico el dedo, busco, lo tomo, lo pierdo. Pierdo la paciencia, las esperanzas. Y así pasa el tiempo: lo cuento por las hormigas que tengo en el cerebro (entre más tengo, más cerca estoy del fin del mundo). 

Conservar por conservar... no tiene ningún sentido ¿para que mantener algo que ya no funciona socialmente? Pensándolo con calma, no encuentro una buena justificación para conservar tu recuerdo.





18 de mayo de 2014

Amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia*

"Siento tu olor, te veo mirar al horizonte, tan incomprensible aún. Son las últimas horas de la vida y  no sabemos nada todavía, tenemos unos minutos para buscar una certeza"**

I

 

No sé por qué a veces me da por recordar lo que no vivimos. Esa tarde saliendo de la secundaria. Mi falda tableada, tu suéter roto. El metro, tu mano tímida en mi rodilla. El túnel de la ciencia, nuestros pasos cortos y tu sueño de ser científico. Transbordando hacia ningún lugar. En medio del ajetreo citadino de las tres de la tarde, nos besamos por primera vez bajo las estrellas que brillan artificialmente bajo tierra. 


II

 

De día nos separa una ciudad inmensa y bulliciosa, de noche miles de kilómetros vacíos de esperanza. Siempre lejano. Entre tanta distancia hay algo que nos une: la ruta de camiones que sale de tu escuela y que termina en la mía. 

A veces, cuando me subo a uno de esos camiones, antes de bajar dibujo en el asiento un pequeño murciélago, para que, si en algún momento de la vida abordas ese camión y te sientas en ese lugar, sepas que por más lejos que estemos siempre pienso en ti.

III

 

Tú temblando detrás de ese beso, yo como una hoja vulnerable al viento de esa noche, a tus manos inexpertas, a tu cuello suave (jamás tocado, jamás besado). Mis ojos cerrados: tú. Tanto frío en primavera sólo podía tener una explicación: debías abrazarme. Juntos: te siento niño bajo mis caricias. Juntos: te siento hombre cuando te posas en mi cuello. Ante la certeza de un fin próximo me refugio entre tus labios.

Creí tenerlo todo bajo control... se me olvidaba que el amor no es algo que se puede administrar en dosis controladas. No supe en qué cajón guardar las palabras, los besos, la textura de tu piel, el mapa de tus lunares, el cielo estrellado de Coyoacán esa noche, así que decidí tejer una historia con la cual arroparme durante tu ausencia. 

"El recuerdo embellece lo que toca"... y yo, yo no puedo dejar de recordarte.

IV

 

Las calles dominicales de la ciudad, llenándose poco a poco. Un fantasma matutino avanza paso a paso, llevando a cuestas un corazón recién destrozado.

Las viejas casas de la colonia San Rafael me preguntan por ti. Es que les dije que te traería conmigo. Y como ellas no saben que te enamoraste de otra, que toda esperanza ha muerto, mencionan tu nombre con alegría. En cuanto lo escucho, por octava vez en cuatro horas se me escapan las lágrimas que estoicamente había mantenido en mis párpados durante algunos minutos.

Te vas tú, me voy yo. La ciudad se va a quedar vacía sin nuestros insignificantes pasos. 

 V

 

Tu olor impregnado en mi cabello despeinado.... no sé por qué llegué a pensar que me pertenecía. Creí volverme loca cuando, en un lugar cualquiera, me llegaba a la nariz ese perfume. Tal vez por encontrarlo en todos lados, concluí que me seguía. Qué tonta, si el olor no se puede restringir... cualquiera que se acercara a ti podía sentirlo. Como sucedió con ella. Ella, Ella, Ella. Dicen que amar es combatir, pero sé que esta lucha está perdida: nunca estuve inscrita como competidora porque nunca abriste la convocatoria. Soy una espectadora más de la arena del amor. 

Al final, te ayudé un poco a subir al siguiente escalón. Te miro a lo lejos, cómo te marchas con un pedacito de mí. No alcanzo a distinguir qué es. Lo único que sé es que yo me quedo aquí, en la misma banqueta rota... con el sabor de tu boca todavía en mis labios. 

Te vas y no me duele tanto como la indiferencia con la que lo anuncias, como hablar del clima, de los planes de la semana, como cambiarse los calcetines, como tirar el bote de leche vacío a la basura. Nunca estuviste más al norte ni yo más al sur que en este momento. Y al final, no tengo derecho alguno a reclamarte algo, porque jamás prometiste nada. Todo fue un sueño dentro de mi cabeza. El mundo se está acabando y lo único que veo es oscuridad. Amar es combatir, se gane o se pierda: hoy todo se debate en lo más profundo de mí.

"Pongo mi barbilla en tu hombro, para mirar lo que miras, para preguntarme lo que te preguntas, para pensar lo que piensas [...] Cómo te quería hace millones de años; cuando te dio paludismo maté a todos los moscos que pude nada más por celos"**








*  Octavio Paz en "Piedra de Sol"
**Daniel Sánchez Poitevin en "La piedra del dios"

7 de mayo de 2014

Pensamientos pluviales

El la oscuridad el cielo se cae a pedazos. La lluvia se adivina bajo la luz de los faroles mientras la gente corre a refugiarse. Tal vez así se limpie la mugre citadina.

Somos varios los que, resignados, esperamos a que acabe de llover (o al menos deje de diluviar). Aquí, en las escaleras de una estación del metro.

Me pregunto qué estarás haciendo en este momento. Estarás mirando por tu ventana (abierta lo suficiente para que la brisa entre sin mojarlo todo) cómo la lluvia se encuentra con el asfalto. Pensarás en mí, en que seguramente la lluvia me habría sorprendido en uno de mis paseos vagabundos. Habrás acertado. Enumerarás los posibles lugares que me servirían de refugio: el altar de alguna virgen, una tienda de ropa en el centro, un puesto de tacos, una sombrilla que habría hurtado a una viejita... Qué tristeza me da saber que no adivinarías: no sabes que estoy en la estación del metro más cercana a tu casa, esperando a que acabe de llover para lanzar piedritas a tu ventana. Y nunca lo sabrás porque me he dado por vencida. Me voy de regreso a mi casa. Adiós....